Como en los viejos tiempos
Los ciclistas ya pueden circular por la ciudad, por las calles peatonales, al paso del peatón, sin juegos peligrosos, sin piruetas ni caballitos. Como en cualquier país del mundo civilizado. Solo era necesario una reflexión, un dejar de utilizar la dictadura de la palabra mal dada. Cambiar impresiones con los ciudadanos, darse cuenta que la ciudad es, precisamente, de los ciudadanos. Que los políticos son elegidos para que la administren y la mantengan. Lo demás es cuestión de la ciudadanía, que se supone que ha ido a colegios, ha hechos estudios primarios, conoce de civilidad. Solo ha hecho falta que unos trescientos paseantes de la ciudad se convirtieran en "masa crítica" y salieran a dar dos vueltas a la ciudad, civilizadamente, aunque luego aparecieran los guardias municipales y la policia nacional a dar la nota, con ciertos niveles de prepotencia. Pero para una vez que cumplen con su deber tampoco vamos a amargarles la tarde. Bueno es que la razón entre en los despachos de los ediles, es la mejor forma de entrar en contacto con la ciudadanía, a ellos se deben.
Agapantos
De pronto se llenó el escenario de agapantos. Como una filigrana de azul suave en multitud de flores, desde cada varita se expanden a lo alto abriendose a la luz y a las avejas. Un puñado de matojos de hojas firmes y fusiformes se arremolina en la base y de cada una de las plantas se hiza el fuste que centellea en mil campanitas, que se despegan de un pequeño capullo, que se abre día a día y termina por ofrecer todo un destello, que se alza casi un metro del nivel del suelo a modo de arbustos. Bendita naturaleza de finales de primavera.
La Laguna hace sesenta años
La plaza y el banco
Uno trata de ir buscando los elementos que más le acerquen a la niñez, sobre todo cuando ya ha cumplido otros años que le han recordado que debe dejarse de tonterías y pensar más en los nietos, porque seguramente ya los hijos lo habrán dejado para el fin de semana. Por eso he descubierto en mis postales antiguas, este rincon bucólico del comienzo del camino de las Peras, con la fachada izquierda de las viejas casonas, el banco del Sr. Patricio, el muro de los Maury y el hueco dejado por el barranco del Tanque Grande. A la derecha la casa que un día hiciera el Ingeniero Pintor para residencia de verano de los Capitanes Generales que habitualmente vivían en la Plaza de Weyler. El viejo arbolado de alamos; el gran moral de la finca primera. El terregal de la Plaza del Cristo y el de todo el camino, antes de la modernidad. Este, seguramente fue el rincón de mis abuelos maternos que vivieron en los alrededores.
San Diego del Monte
Reconocer hoy la imagen de San Diego del Monte, es un gran esfuerzo de memoria, porque hace muchísimos años que no entro en aquel espléndido lugar. Convento de franciscanos, con su pequeña ermita que va a ser restaurada por el Cabildo Insular, con una bellísima casa de campo, solariega y esplendida donde vivió Alicia Navarro, aquella legendaria miss Europa en los preámbulos del siglo XX, u otras familias de la distinguida sociedad tinerfeña, como se diría en las crónicas pasadas, hoy está cerrada, seguramente preservada y cuidada, pero sin habitar. Dicen que los Hermanos Bethlemitas irán a ocupar estas instalaciones despues del convenio que han tenido de salir del incendiado San Agustín y abandonar las casas de los Padres Paules.
Como fuera, o como sea, no puedo olvidar las años de instituto cuando se celebraba en sus inmediaciones e incluso en la pista de tenis, los grandes bailes de noviembre, donde ibamos los estudiantes del Instituto y de la Universidad a disfrutar de aquella tradicional fuga. Viejos tiempos, viejos recuerdos, viejos paisajes.
La Plaza de hace un siglo
Principios del siglo XX. Los soportales del Cristo, con sus tres arcos de medio punto y su frontalera de portada sencilla y popular, de forma angulosa preparada para exhibir banderas en las fiestas. Una imagen de La Laguna antigua, con la Plaza de tierra, la vegetación sin invadir la totalidad del portal como está hoy. Una imagen interesante para conocer viejas estampas que también fueron ciudad.
Semana Santa de hace cuarenta años
Es curioso observar como va renovándose la ciudad y como la fotografía nos da las señas de identidad en cada momento concreto. Esta fotografía de finales de los sesenta se enmarca en un paisaje urbano totalmente diferente al actual. Es la Calle de la Carrera, casi desde Tabares de Cala, mirando al poniente. La acera de la derecha muestra una estructura urbana ya desaparecida y la acera de la izquiera solo contiene dos de las casas que han pervivido. Recurrir a imágenes de estas épocas es volver a situarte en la ciudad que fue. Esta foto de Agustín Guerra nos muestra a gentes que tambien han partido. Es fruto de un tiempo, un momento congelado en la placa por la voluntad de un profesional que siempre estuvo ahí.